29 de junio de 2018

HARTAZGO





Cansado, dijo. No cesa de repetir cansado, cansado. Querría llorar pero no puede, no sabe.
Jonas vivió fuera del país ocho años por motivos laborales; allí se casó con una compatriota y nacieron sus mellizas. La nostalgia los hizo volver la Navidad pasada. Poco tiempo después Jonas perdió el sueño, comenzó a estar furioso y a pelearse sin motivo con su mujer. Fue ella la que lo obligó a consultarme.

“….cansado, es poco. Extenuado. Y si me encuentro con un viejo amigo o un familiar, o en el Estudio o en la puerta del colegio de las nenas, no hay vez en que no se haga un comentario que invita al enfrentamiento. Porque ya no se trata de dar argumentos sobre cualquier tema, sobre cualquiera, sino de descalificar al Otro, al que está del otro lado de la vereda. Y esas veredas son compartimentos estancos de los que no se puede salir, que no te dejan salir…

Primero Jonas se resistió y luego se encerró. Opinaban a su derredor: está deprimido, es el aterrizaje, nada le gusta, se desacostumbró, no quiere integrarse. Desde la primera entrevista supe que era hartazgo.

“…. ¿cuándo empezó esto? ¿Cómo es posible que nadie lo pare? Se endiosa a un líder y sin tapujos se alienta a destruir al líder adversario. En las redes, linchamientos. Se invita a embestir, a denunciar. Se burlan del que mantiene una posición, como yo, equidistante. Me han querido obligar a que me embandere y, como no lo hago, se me enrostra una falta de compromiso o pavadas del estilo…”

Sueña con irse. Y cuanto más sueña más atrapado se siente. Las mellizas ya armaron su grupete de amigos, su suegro está gravemente enfermo, y él sospecha que será para siempre un extranjero en la esquina misma de su casa.

“…y usted, acá, encerrada en el limbo de su consultorio, ¿también ha tomado partido? ¿Y aunque yo resultase del bando opuesto está sinceramente dispuesta a ayudarme?...”







16 de mayo de 2018

PROTAGONISTA





Rafael arriba al consultorio tan enojado que ni puede hablar. Deambula farfullando.
Katy y Rafael tras convivir cuatro años, finalmente se casaron.
Él se había resistido, tenía sus argumentos; a veces quería y a veces –las más- no.  Ante el dubitativo, ella también portaba argumentos para exigirle. Ambas familias fisgoneando: el futuro suegro de Katy convencido de que ella era inestable, Rafael tildado como terco insaciable por los padres de ella.
Llegó el momento en que Rafael temió perder a Katy por su intransigencia, y que si llegase a perderla no se lo perdonaría nunca.
Así, en diciembre pasado fue la boda. Fiesta vaporosa, luna de miel fugaz, mudanza a un apartamento con mucha luz. 

      … cómo no lo vi. Cómo soy tan estúpido que no lo vi. El sábado se fue al gimnasio y me quedé en casa, esperándola. Como siempre, yo esperándola. Reconozco que me puse a revisar sus correos: no sabe que tengo la clave de acceso a su compu. Anda con un tipo, un compañero del estudio. Palabritas de amor. Le dice mivida. Le mandó fotos: ella sonriente, ella con un gesto invitante, ella en nuestra casa. Y le habló de mí con cierta sorna, tratándome de ingenuo obsesionado por el trabajo. Y él promete cosas que le privo de repetir porque me pondría a llorar y lloré todo el fin de semana y ya no puedo, no puedo…

No sabe él cómo continuar con la relación. Katy sugiere que se tomen un tiempo para pensarlo.

     …lo que me duele, lo que realmente me duele,  es no ser yo el que está decidiendo.  Odio no haber escuchado a mis dudas, que se haya salido con la suya en eso de casarnos. Odio que ahora se comporte como si estuviera sufriendo: ¡soy yo el que sufro! Ella baila la conga y yo no duermo hace días… 

Decido permanecer callada. Porque Rafael está descubriendo lo que hacía falta. Y el enojo quizá, quizá digo, le permita averiguar cuál es el protagonismo que anhela.

17 de marzo de 2018

FECHAS



Irina cuenta:
Mi único hermano me lleva seis años. Es decir, que cuando él terminó el secundario, yo estaba cursando la primaria. En su fiesta de graduación vi por primera vez a Paulo. Ni me registró.
Cinco años después se casó mi hermano y a la boda Paulo aterrizó con la novia de turno; en algún momento se acercó y me susurró: te “me” estás poniendo muy linda.
Cuando mi sobrina cumplió un año, allí estaba Paulo en el festejo, sin señorita. Yo también sola. Hacía tres años que no nos cruzábamos. Ni siquiera aguantamos que acabase el sarao para irnos juntos a su casa.
Allí me enseñó.

Me enseñó qué apetecer, y cómo pedirlo, y cómo extraerlo. Me mostró qué podía entregarle, únicamente cuando él ya me había concedido todo. Me traspasó el catálogo del ansia y del acecho. Me turbó y alborotó. Marcó el Este, luego el Oeste, y lo que figuraba como arriba y lo que fingía ser abajo. Me advirtió que derraparíamos en nuestros flancos. Me dio un nombre y lo atesoré. Me dio otros nombres que no quisiera repetir ahora.
Así pasamos todo ese fin de semana. El lunes me levanté temprano, no quise desayunar. Antes de irme le dije: te llamo.

Y lo llamé.
Seis meses después lo llamé: un 17 de marzo como hoy, y desde entonces es nuestra fecha de aniversario. Veinte años juntos amándonos.
Cada tanto, Paulo inquiere. Necesita saber qué sucedió en esos seis meses, y aunque sé que lo necesita no le respondo.
Ya le entregué todo lo que quería entregarle. De hecho, le seguiré entregando. Pero esos seis meses son míos. Míos.





9 de marzo de 2018

NADIE, NADA




Ninna se ve recostada en el vestíbulo. Después, en un tiempo imposible de mensurar, alguien entra, le pregunta, y toca el timbre de su departamento. El padre la sube en brazos los tres tramos de la escalera. En algún momento llegó un médico. Y en otro momento su madre, vestida, se ha metido en la ducha con ella, y la lava y la peina y la acuesta y le pone otra almohada y la tapa y se sienta a su vera. El hermano se asoma pero no entra.
No quiere dormir. No sabe comer.
Hay noches que emergen trazos del exacto segundo en que al regreso de una fiesta abrió la puerta del edificio y un tipo se metió detrás, pero eso es todo.
Quién sabe si gritó. O si luchó. Supone que si  permaneció quieta y muda es porque le estaban quitando lo que traía adentro hasta convertirla en nadie. Primero en nadie y después en nada. Ahora nomás se trata de esperar que el olvido se apiade.

Seis meses después, en mi consultorio, Ninna  sentada frente a mí. Es la primera entrevista. Intenta contar lo que sintió, y lo que se supone  ‑suposiciones, subraya-  que ha de sentir. Sabe que a otras les pasó lo mismo, aunque no puede acercarse a ellas, no aún.
Tuve el impulso de levantarme, abrazarla y quizá acunarla. Me contuve.
Ninna precisa que sus propias palabras acudan y nombren lo que estaba vedado nombrar. Es posible que finalmente llore tras meses que no ha llorado.
Permanezco así, frente a ella. Escuchando. Con todo mi cuerpo la estoy escuchando.












4 de febrero de 2018

JILGUERITO





La forma en que Rick tocó el timbre anunciaba su ánimo. Entró a mi consultorio y se acodó en el rincón más frágil de la biblioteca. Hacía meses que no lo veía.

“Usted- dijo apuntándome con el índice izquierdo- tiene la culpa. Yo estaba bien. Bueno, quizá mal. Digamos que bien y mal, según el día. Pero con los pies en la tierra, en este mundo, satelizando en el sol correspondiente, en la galaxia que nos ha tocado.
Poco a poco, aquí mismo, me embuchó la palabrita. Me instó. Me arrinconó. Y no diga que exagero porque el término estaba implícito hasta en ese mutismo aturdidor con que suele. ¿Me advirtió los acontecimientos que acaecerían? No, nada. Y, claro, pasó lo que le iba a pasar a mi inocencia.
En un fiestita de (des)conocidos, hela ahí. Sola. Posando con esa curvatura natural que un jilguerito precisa cuando el cielo reclama. Serena y suave. Callada aún. Me acerqué despacio, temiendo ofender el plumón que la envolvía. Le di mi nombre y la calle de mi casa y la esquina donde suelo sentarme a mirar la gente mirando gente. La velé con disimulo mientras relató el paradero de sus cosas y de sus gestos, la cubrí cuando el alba se nos vino encima.
Pasan y pasaron los días. El Amor -palabrita que usted arteramente introdujo en mi vida- se instaló sin darme tregua.
¿Y ahora? Acaso ahora va a curarme este miedo a mi torpeza, este pánico a despilfarrar sus abrazos de adivina y pájaro y de orilla y oleaje, la pavura a que de un vuelo a otro deje de quererme. Cómo hará usted para que duerma cuando el jilguerito no está a mi lado y la imagino posándose en rama ajena.
Estoy mal. Estoy bien, dirá usted que gusta contradecirme. Pero fíjese como ando: sin tocar el suelo, lejos de este mundo, satelizando un sol flamígero, en galaxia ajena”.



29 de diciembre de 2017

FIN DE AÑO, YA SABE




Me escribe un paciente:

“…aunque está de vacaciones, no podía dejar de contar(le). Sé que no cree en ángeles. Menos en ángeles de la guarda. Supongo. La fe perdió en el casino la montaña que otrora solía mover. Sin embargo.
Visualíceme en el banco de un shopping que detesto que detesta, atesorando ruido para taponar lo que importa que me importe. Me refiero al Año Nuevo galopándonos y yo sin festejo a la vista. Sigo. En el banco del bullicio, ahí véame. De repente, como si nada, se sienta a mi lado señora tobillos gruesos. Bufa. Ha comprado en demasía. Saluda. La saludo.
Se viene, dice. Sabemos de qué habla. Y usted, qué hará el 31 y el amanecer del primero. No aclara los meses. Ni idea, aseguro. Lástima, dice. ¿Y usted?, retruco. Lo de siempre y manda puntos suspensivos. Y luego, en un luego que sólo un ángel (y de la guarda el ángel) puede permitirse, agrega: solidaridad. ¿Disculpe? Solidaridad. Ah. Los findesaños y las nochesbuenas salgo con un grupo a dar comida, palabras, alientos a la gente que la calle ha convertido en perdedores y mendigos y ausentes de sí mismos. Llevamos ropa y colchones. Llevamos cosas, abrazos. Llevamos palabras, se repite. Mudo quien les habla, porque solidaridad es otra cosa pero así lo nombra y así lo tomo. Y llevando -continúa con un entusiasmo que hasta usted llamaría angelical- es como me he sentido un poco cerca de lo que debí ser y trato de venir siendo. Mudo, qué otra opción la mía.
Mira, la miro. Me mira, la miro.
¿Le gustaría participar?, me arroja. Y yo, el tipo que no sabe qué saber, le digo claro. Y digo más: cuándo, en dónde, qué llevo. Y yo, el que ha perdido cualquier vocablo que remita a sentir, me escucho decir: iré –atención a la palabra que sigue- encantado. Encantado, me repito. El ángel, que de la guarda debería usted citar sin sonrojo, me dio sus datos y del encuentro.
Empezamos hoy, treinta del año que usted supone, y seguirá mañana todavía en el mismo calendario.
Llevaré. Pero no palabras, por las razones que nadie mejor que usted sabe. No esta vez, al menos”.

FOTO: ROLF REMPEL

14 de diciembre de 2017

Y ENTONCES LAS FIESTAS





Y entonces -dice Fabián en mitad de la sesión- usted cree que Las Fiestas se han convertido en un examen.

Fabián es más joven de lo que sospecha.
Hace tiempo que sus padres fallecieron, uno tras otro; el resto de la familia –hermana, cuñado, dos sobrinos- que lo ama y requiere, hace unos meses se mudaron al campo. Fabián pasa del campo.
Tuvo novia. Ahora no. Los mejores amigos, Dinah y Carlitos, festejan Año Nuevo con las respectivas familias; en una ocasión lo invitaron y a la hora del brindis algunos se olvidaron de abrazarlo.
En el trabajo ya sufrió la celebración multitudinaria, en un lugar acojonante, casi obligado a besarse con una chica que ni conocía ni le gustaba.

Fabián busca convencerme de que no hay salida, que su destino es emborracharse solo, viendo retozar a la farándula en la televisión.
A renglón seguido, interpreta que el examen-sí, sí, mencioné que Las Fiestas corren el peligro de convertirse en eso- lo urdimos (me incluye, claro) para que él lo repruebe.
No es un paranoico: está desencantado, está dolorido, está necesitado.
Odio las obviedades y no inquirí quién estaba inspeccionando a quién, o cómo se aprueba/desaprueba semejante examen. Seguí callada. Dejé que se interrogase por su cuenta, porque sabe por cuál camino e intuye gran parte de las respuestas.
Terminó la sesión y el tema flotando aún.

Acabo de recibir su mensaje: “…me hice la pregunta que supongo usted quería que me hiciera, y la contesté. Voy a invitar a un montón de gente a casa…”.