27 de julio de 2014

APASIONADA








     

Mi amiga del alma regresó de su viaje y me urgía saber el resultado. Fue a visitar el colegio de monjas donde estuvo pupila seis años. Allí creció y allí se hizo la escritora de fuste que es hoy.
-...y aprendí en ese tiempo a localizar en librerías de rezagos a juglares malditos en traducciones prohibidas por la Iglesia. Igual los compraba, igual estaban al tanto que los leía antes de enterrarlos; el resto del tiempo éramos libres dentro de nuestro uniforme. Tuve un noviete, hermano de una compañera, que cada año acudía a la merienda campestre de primavera. Un sujeto pálido, mustio, poeta en ciernes. Nos escribíamos cartas adorables que he desechado en alguna de mis tantas mudanzas.
Se citaron y reconocieron enseguida. Ella alta y desenvuelta como antaño. Él devino en mundano y locuaz. Ella separada hace mucho y sin reemplazo. Él padre de familia semi numerosa. Ella confesando que perdió sus cartas. Él demostrando que guardó las que recibiera -las traía consigo- en una caja. Gran parte de la noche la dedicaron a escarbar y leer al azar. Cartas de letra rotunda en el mismo papel leve y traslúcido, cada una en su sobre abierto con precisión.
-Qué emocionante –pensé en voz alta.
-Más o menos –mi amiga acotó-. Me di cuenta que las palabras que (apasionadamente) había imaginado y (apasionadamente) le había escrito no eran más que apasionamiento por mi propia pasión. ¡Nada apasiona más que descubrirse apasionado!
De ese encuentro mi amiga dedujo: que la pasión no es más que lance y jaleo con sí mismo. Y que a veces el Otro contempla esa pasión sin comprender de dónde viene tal vorágine desacorde con lo que han compartido. O quizás la pasión de uno le llega al Otro con un dejo de cosa remanida, sobrada de tono y tan oronda en su narcicismo que al Otro le resulta extraño.
El Otro es un extraño. Que nuestra pasión no lo olvide.




foto Rolf Rempel


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